Culo bien aceitado se abre con facilidad total
La morra ya llegaba con el culo tan caliente que hasta el aire le quemaba entre las nalgas, pero cuando le echaron el primer chorro de aceite bien caliente sobre el ano bien prieto, se le escapó un gemido que hizo temblar las paredes del cuarto. La muy puta se agachó de inmediato, separando las nalgas con las manos para que el líquido resbalara mejor por su raja, mientras la polla gorda y venosa del macho ya apuntaba directo a su entrada prohibida. Él le pasó la lengua por el lomo sudado, sintiendo cómo cada músculo de su cuerpo se relajaba hasta dejarla como un trapo mojado, listo para que la empalara sin piedad. Cuando la cabeza gruesa de su verga rozó el borde del culo aceitado, ella soltó un grito ahogado y empujó hacia atrás como una perra en celo, tragándose la mitad de golpe mientras la polla se hundía hasta las bolas. El aceite hizo su magia, permitiendo que el culo se abriera como una flor obscena, cada embestida más profunda que la anterior, hasta que el sonido de piel chocando contra piel se mezcló con los chapoteos del lubricante y los gemidos guturales de la morra, que ya no sabía si pedía más o suplicaba que parara. La polla entraba y salía con tal fuerza que las nalgas le temblaban como gelatina, la carne rosada de su ano brillando bajo la luz mientras se abría y se cerraba al ritmo de cada embestida brutal. Ella se agarraba a la mesa con los nudillos blancos, escupiendo obscenidades entre dientes mientras sentía cómo la polla le acariciaba la próstata con cada envestida, llevándola al borde del éxtasis. El macho le agarró las caderas con fuerza de hierro, clavándola contra la pared mientras le metía la verga hasta el fondo, sintiendo cómo el culo le apretaba la polla como un puño caliente hasta que, de repente, el cuerpo de ella se tensó y un chorro espeso de leche le salió disparado por la boca entreabierta, mezclándose con los gemidos roncos que le salían de la garganta. La corrida fue tan intensa que el aceite se tiñó de blanco en segundos, y el culo de la morra quedó completamente cubierto por los restos de su placer, palpitando alrededor de la polla que seguía dentro, sin querer salir todavía de su agujero bien usado.