Chico sumiso se queda sin polla por la faja de castidad
El pobre maricón llegó con la polla dura y los huevos bien apretados, suplicando que lo dejaran correrse, pero el dueño de la faja no le hizo ni caso. Con las manos temblorosas, el chico se la agarraba una y otra vez, frotando la verga contra los barrotes metálicos sin poder sacársela, mientras gemía como una perra en celo. El tipo mayor se reía mientras le ajustaba la correa de acero alrededor de los muslos, cerrando el candado con un *clic* que sonó más fuerte que un portazo. El chico se retorció sintiendo cómo la faja le apretaba tanto que hasta el prepucio le dolía, la piel le ardía bajo el metal pero no podía quitársela, y eso lo ponía más caliente que nunca. El macho lo empujó contra la pared del baño, le bajó los pantalones de un tirón y le escupió en la boca abierta, ordenándole que se la tragara toda sin pestañear. Mientras el chico obedecía con los ojos llorosos, el otro le agarraba el culo con fuerza, metiendo un dedo en el agujero que ya le goteaba sin control, manchando el suelo con gotas de sudor y baba. El olor a sexo barato y desesperación inundaba el aire, mezclado con el sonido de los gemidos ahogados y el crujido de la faja cada vez que el chico intentaba zafarse. El macho le susurró al oído que así aprendería a portarse bien, mientras le clavaba la verga por el culo sin piedad, empotrando hasta que el chico gritó con la voz rota y los muslos temblorosos. Las embestidas eran brutales, la polla del tipo mayor entraba y salía con un sonido húmedo que resonaba en el baño estrecho, mientras el chico no podía ni tocarse, solo recibir y sufrir, con la faja clavándosele en la carne como un recordatorio de que ya no era dueño de su propio cuerpo. Cuando por fin el macho se corrió dentro de él con un gruñido animal, el chico solo pudo soltar un sollozo entrecortado, sintiendo cómo el líquido caliente le llenaba las tripas mientras la faja seguía apretándole la polla, negándole el alivio que tanto anhelaba.