Adivina quién tiene la polla más grande guarra
La morena se relamió los labios al ver el bulto enorme bajo la toalla del tipo en el ascensor, sin poder evitar que la mano le temblara al rozar su propio coño mojado por la excitación. Él, con una sonrisa de superioridad, le susurró al oído que solo un putón como ella podría adivinar cuánto medía su verga de verdad, mientras le agarraba el culo apretado para pegarla contra la pared de espejos. Ella, sin pensarlo dos veces, se arrodilló en el suelo frío y le bajó el bulto con ansias, sintiendo cómo el glande palpitaba al contacto con su lengua caliente y juguetona. El tipo jadeó al sentir su boca chupando con fuerza, arrastrando los labios desde la base hasta la punta mientras sus tetas rebotaban por el movimiento brusco. Entre gemidos ahogados, él le agarró la cabeza con ambas manos y empezó a embestirle la garganta sin piedad, haciendo que ella tosa y escupiera saliva mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. Pero ella no se rindió, al contrario: le abrió más las piernas para que la polla enorme le golpeara el fondo de la garganta, tragando cada centímetro sin importarle el dolor mientras el sabor salado del pre-semen le inundaba la boca. Él, cada vez más excitado, la levantó en volandas y la apoyó contra el espejo, arrancándole el tanga de un tirón para hundir la verga de una sola estocada hasta las pelotas, sintiendo cómo el coño estrecho se ajustaba a su tamaño como un guante. Las embestidas eran brutales, el sonido de carne contra carne resonaba en el ascensor junto a sus gritos de placer mezclados con el golpe seco de las caderas contra su culo prieto. Ella, completamente ida, se corrió en menos de un minuto, sintiendo cómo su orgasmo le recorría el cuerpo mientras él seguía empotrándola con fuerza, sin dar tregua. La polla, más gruesa y dura que nunca, le llenaba por completo y le hacía gemir como una perra en celo, con la espalda arqueada y las uñas clavadas en los hombros del hombre. Cuando él por fin se corrió, disparó su leche bien caliente dentro de su matriz, dejándola temblando y con los muslos empapados, mientras la verga seguía palpitando entre sus piernas temblorosas. La morena, aún jadeante, se limpió los restos de corrida de los labios con un dedo, sonriendo con malicia antes de susurrarle que ahora sí sabía la respuesta... pero que no se lo diría hasta que le diera otra ronda de polla bien dura.