Abuelita tatuada se deja empotrar en la van con dos pollas
La vieja de eighty y uno años no se andaba con rodeos cuando se subió a la furgoneta de reparto, se quitó el delantal sucio de grasa y le soltó al chofer con voz ronca y sonrisa de puta vieja que tenía ganas de que le partieran el culo bien duro. El tipo, que llevaba años haciendo rutas por el barrio sin más emoción que el café de la mañana, no se lo pensó ni un segundo y le bajó los pantalones de tiro bajo hasta medio muslo para dejar al aire esas nalgas caídas y llenas de tatuajes coloridos que le brillaban bajo la luz amarillenta del interior del vehículo. Ella se agachó sobre el asiento trasero con las rodillas en el cuero gastado y se abrió de piernas mostrando un coño peludo y bien usado, con los labios hinchados y brillantes por la humedad que ya le chorreaba sin pudor mientras se mordía el labio inferior y gemía como una loca. El chofer, que no era precisamente un jovencito pero sí tenía una verga gruesa y venosa que ya le colgaba pesada entre las piernas, se acercó por detrás y le escupió en el culo para que resbalara mejor antes de clavársela de un tirón hasta el fondo sin avisar. La vieja soltó un alarido que resonó en el motor de la furgoneta y se agarró al reposacabezas con las uñas pintadas de negro mientras el chofer la empotraba con embestidas brutales que le hacían botar las tetas flácidas y tatuadas de arriba abajo. Pero no era suficiente con una sola polla, no, porque en cuanto el conductor se corrió dentro de su culo apretado y le dejó el coño goteando leche espesa, apareció otro tipo con un abdomen lleno de estrías y una verga aún más bestia que la primera, listo para metérsela por la boca mientras la vieja se ahogaba en babas y le chupaba la punta con desesperación antes de tragársela entera hasta la garganta. Entre gemidos ahogados, gritos de dolor mezclados con placer y nalgas que se abrían solas para recibir cada embestida, los tres se movían como animales en celo, sudando, jadeando y resbalando sobre el plástico del suelo de la furgoneta mientras la leche le caía a chorros por la barbilla, las tetas y hasta los muslos llenos de celulitis. La vieja no paraba de repetir que quería más, que le partieran el culo otra vez, que le reventaran las entrañas con esas dos vergas que no paraban de moverse dentro de ella como si no hubiera mañana, y cuando por fin los dos hombres se corrieron al mismo tiempo —uno llenándole el culo hasta que le rebosó por el coño y el otro pintándole la cara entera con un chorro blanco y espeso—, la vieja se dejó caer contra el asiento con los ojos vidriosos, las tetas temblorosas y las piernas abiertas mostrando el desastre que le habían dejado dentro, mientras se limpiaba la leche de las pestañas postizas con el dorso de la mano y susurraba que esto no sería la última vez.