Señora enseña a follar al hijo de la vecina desde chiquito
La morena de curvas peligrosas llevaba meses calentando al pobre niño cada vez que lo veía jugar en el patio con el short corto, esos muslos firmes y ese culo redondo que no podía sacarse de la cabeza. Un día, mientras la vecinita de quince años estaba en el colegio, la puta descarada lo llamó con un dedo y le dijo que quería enseñarle cómo se hace el sexo de verdad, que su mamá no le había explicado bien. El pobre inocente, con la polla dura como un palo desde que la vio lamerse los labios al abrirle la puerta, no pudo negarse cuando la mujer lo agarró del cinturón y lo arrastró al cuarto donde solo se escuchaban los gemidos de las películas XXX que ella veía a escondidas. Sin perder tiempo, la zorra se quitó el vestido ajustado que le marcaba los pechos enormes y le ordenó que le chupara los pezones mientras le bajaba el short hasta los tobillos, dejando al descubierto un coño depilado y brillante de jugos que ya goteaban sin control. El chico, temblando como un flan, se agachó y empezó a lamerle el clítoris hinchado mientras ella le sujetaba la cabeza con fuerza, empujando su cara contra su entrepierna empapada hasta que el sabor salado de su excitación lo dejó sin aliento. De pronto, la mujer lo empujó contra la cama, le arrancó la camiseta y se sentó encima de su regazo con las piernas abiertas, empalándose lentamente en su verga virgen mientras le susurraba al oído que así se disfrutaba el sexo, sin prisas pero sin pausa, sintiendo cada centímetro de carne dura expandiéndose dentro de su coño estrecho. Las embestidas fueron brutales desde el primer segundo, el sonido de sus cuerpos chocando llenó la habitación mientras ella gritaba obscenidades y él intentaba aguantarse las ganas de correrse en menos de un minuto. La mujer, con los pezones duros como piedras y el culo palpitando cada vez que la polla entraba hasta el fondo, le ordenó que se corriera dentro de ella sin condom, porque quería sentir el calor de su leche inundando su matriz mientras él se aferraba a sus caderas y descargaba con fuerza, llenándola de semen espeso que le resbaló por los muslos hasta caer en su ombligo. Cuando terminaron, exhaustos y sudorosos, la mujer se limpió los restos de corrida de la barriga con un dedo y se lo llevó a la boca, chupándolo con una sonrisa pícara mientras el chico, avergonzado pero con la polla otra vez semierecta, no podía creer que acababa de follar por primera vez con una mujer que le doblaba la edad.