Rubia traicionada busca alivio con un desconocido en la playa
La morena de tetas grandes lloraba desconsolada entre la arena cuando él la encontró, con el vestido pegado al cuerpo por la brisa salada que le azotaba la piel sudada. El tipo no pudo evitar clavar la vista en esos pezones duros que se marcaban bajo la tela mojada, mientras ella se sorbía los mocos con rabia y maldecía a ese maldito que la había dejado plantada después de prometerle el mundo. Sin pensarlo dos veces, el desconocido se acercó y le pasó los dedos por el pelo enredado enredado en salpicaduras de mar, susurrándole al oído que con él iba a olvidarse de todo, que la haría gemir como ninguna otro. Ella, entre sollozos, le agarró la polla dura que le presionaba el pantalón y se la metió en la boca sin preámbulos, chupándola con desesperación mientras las olas rompían a pocos metros, ahogando sus jadeos. Él le sujetó la nuca con fuerza y la empotró contra la pared de rocas que bordeaba la playa, subiéndole el vestido hasta la cintura para dejar al descubierto ese coño empapado que olía a sal y a sexo reprimido. Con una mano le apretó los pechos mientras con la otra le metía dos dedos hasta el fondo, haciéndola gritar cuando le rozó el clítoris con el pulgar. Ella se arqueó contra la piedra fría, con la espalda en llamas y las piernas temblorosas, mientras él se bajaba el pantalón y le clavaba la polla hasta el fondo, dejándola sin aire. Las embestidas eran brutales, cada golpe resonaba en el eco de la noche junto con los gemidos ahogados de ella, que le suplicaba que no parara, que la llenara por completo. Él le mordisqueó el cuello mientras le agarraba el culo prieto, metiéndosela tan hondo que ella sintió cómo se le llenaba el útero de semen caliente, corriéndose con un espasmo que le sacudió todo el cuerpo mientras gritaba su nombre entre los dientes apretados.