Romy desafía a Karl a llenarle la cara de leche con su polla dura
—¿Crees que puedes aguantar lo que te voy a dar, cariño?— le susurró Romy Roundell mientras se ajustaba los ligueros de encaje, retando a Karl Kinkaid con una sonrisa pícara. Él no se hizo esperar: la agarró de las caderas y la empujó contra el colchón, hundiendo los dedos en su culo apretado antes de que ella pudiera reaccionar. La tela de las medias se le clavaba en los muslos mientras él le abría las nalgas con una mano y con la otra le acariciaba el coño mojado, ya listo para recibirlo. Romy gimió cuando sintió la punta de su polla gruesa rozándole el ano, pero no se dejó intimidar: se arqueó hacia atrás, ofreciéndole más acceso. Karl no perdió tiempo y le metió un dedo hasta el fondo, haciéndola retorcerse de placer. —No te corras tan rápido— le advirtió ella entre jadeos, pero él solo sonrió y aceleró el ritmo, embistiendo con fuerza mientras le masajeaba los pechos por encima del sujetador de encaje. En más de 15 minutos de escena, la cama se convirtió en un campo de batalla: las sábanas estaban empapadas de sudor, los tacones altos de Romy se enredaban en las medias rotas, y el sonido de sus gemidos llenaba la habitación. Cuando por fin Karl le soltó la polla en la cara, Romy abrió la boca sin pensarlo, tragando cada gota como si fuera un premio. Al terminar, una mancha blanca le decoraba el labio inferior, prueba de que había ganado la apuesta.