Nagma me reta a hacerla gritar con mis dedos
El cuarto olía a perfume suave mezclado con sudor, las sábanas desordenadas y la luz tenue del atardecer filtraba por las cortinas. Nagma se sentó frente a mí, cruzó las piernas y me miró con esa sonrisa de puta que conoce el poder de su coño. 'Vamos, Naeem, demuéstrame si puedes hacerme mojar tanto como dices', desafió, mordiéndose el labio. No me lo pensé dos veces: me abalancé sobre ella, metiendo los dedos en su coño húmedo desde el primer empujón. Sentía cómo sus paredes se apretaban alrededor de mis dedos, cómo su respiración se cortaba en gemidos cada vez que rozaba su clítoris con la yema. 'Más fuerte', jadeó, arqueando la espalda. Le di lo que pedía, hundiendo los dedos hasta que sus muslos temblaban, hasta que el líquido empezó a gotelear entre mis nudillos. No solo estaba mojada, estaba derritiéndose, y cada vez que retiraba los dedos, su coño se cerraba como si no quisiera soltarlos. 'No te corras', ordené, pero ella ya estaba al borde, temblando, con la voz quebrada. De un tirón, le arranqué el orgasmo, y el chorro de placer le empapó las piernas, las sábanas, mis dedos. Cuando terminó, solo atinó a mirarme con los ojos vidriosos y una sonrisa de rendición. Naeem, el puto que siempre gana.