Masturbándose con su juguete al aire libre
Ella se retuerce bajo el sol, con las piernas abiertas y los dedos hundidos en su coño mojado. Lleva días imaginando este momento, desde que lo vio mirarla en la ducha, desde que sus ojos se encontraron en el pasillo y él no apartó la vista. Ahora, con el vibrador enterrado hasta las pelotas, gime sin control, arqueando la espalda mientras el aire fresco le eriza la piel. Sus tetas rebotan con cada movimiento, los pezones duros como piedras, y sus muslos tiemblan de placer. El juguete vibra contra su punto G, haciéndola gritar, y sus jugos chorrean por sus dedos, mezclándose con el sudor que le cae por la frente. No puede creer lo cerca que está, cómo cada fibra de su cuerpo arde de deseo, cómo el orgasmo le sube por la columna vertebral como un relámpago. Cuando por fin explota, su cuerpo se convulsa, los músculos se tensan, y un gemido gutural escapa de sus labios. Él, que la observa desde las sombras, siente cómo su polla se endurece al verla así, tan salvaje, tan libre, tan puta en su placer. Sus ojos brillan de lujuria, y sabe que no podrá resistirse por mucho más tiempo.