Masaje tántrico con Loladoll en aceite caliente
La morena de piercing en la nariz llegó con su cuerpo bien esculpido, sudando bajo el vestido negro ajustado que apenas le tapaba los pezones perforados. Él, el masajista de manos gruesas y mirada intensa, le ordenó quitarse la ropa mientras untaba sus dedos en un aceite aromático que ya olía a sexo prohibido. Ella no se hizo rogar: se despojó del sujetador de encaje negro y dejó que esas tetas naturales, redondas y firmes, se balancearan libres mientras se tumbaba boca abajo sobre la mesa de masajes. La primera gota de aceite cayó sobre su espalda, resbalando entre sus omóplatos marcados hasta perderse en el valle profundo entre sus nalgas prietas, y él no pudo evitar morderse el labio al ver cómo su coño, ya bien mojado, dejaba manchas húmedas en el tapizado. Con movimientos lentos pero firmes, le masajeó las piernas hasta llegar a los tobillos, pero en vez de seguir el protocolo, se inclinó y le lamió la planta del pie izquierdo mientras sus dedos se deslizaban sin pudor entre sus muslos, rozando ese clítoris hinchado que no paraba de latir. Ella soltó un gemido ronco cuando él le introdujo dos dedos dentro sin aviso, empapándose de sus jugos mientras con la otra mano le apretaba las tetas y le pellizcaba los pezones perforados hasta hacerla arquear la espalda. 'Ahora te voy a dar un masaje de verdad', gruñó mientras le ordenaba que se diera la vuelta, y ella, con las piernas temblorosas, se puso en cuatro patas mostrando ese culo prieto y redondo que brillaba bajo la luz tenue. Él se arrodilló detrás, le escupió en el coño para lubricar mejor su polla gruesa y, sin más preámbulos, se la clavó de un solo empellón hasta que ella chilló y sus uñas se clavaron en la mesa de madera. La follada fue salvaje: embestidas profundas que le hacían botar las tetas al ritmo de cada golpe, los huevos golpeándole el clítoris cada vez que se hundía hasta el fondo, y ella, entre gritos y maldiciones, le suplicaba que no parara mientras su coño chorreaba jugos por todas partes. Cuando notó que él empezaba a tensarse, se dejó caer hacia adelante para que le llenara la boca de leche espesa mientras sus tetas se manchaban de blanco pegajoso, y los dos se quedaron jadeando, sudando y satisfechos bajo el resplandor de las velas que se derretían lentamente.