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Madrastra rubia cabalga polla dura del hijastro

8:04 720P 4 Rubias
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Estúdio Jessiedinga

La rubia Emma no podía quitarle los ojos de encima a su hijastro cada vez que se quitaba la camiseta para secarse el sudor después del gimnasio... esa polla gruesa y palpitante que se marcaba bajo los pantalones ajustados lo delataba todo, y ella ya llevaba semanas imaginando cómo se la clavaría hasta dejarla sin aliento. Hoy no resistió más y, mientras el muy cabrón se relajaba en el sofá viendo la tele, se le acercó por detrás con ese culito prieto y respingón que tanto lo ponía y se sentó a horcajadas sobre su regazo sin decir ni una palabra, sintiendo al instante cómo su coño empapado se frotaba contra la verga dura como una roca. Él gruñó de sorpresa pero no opuso resistencia cuando ella le agarró el miembro con ambas manos, se lo metió en la boca sin previo aviso y empezó a chuparlo con avidez, tragándose cada centímetro hasta que la cabeza le golpeó la garganta y le hizo gemir como una puta descontrolada. Cuando ya no pudo aguantar más, se levantó de un salto, se quitó el tanga de un tirón y se empaló sobre él en posición de amazona, cabalgando su polla con movimientos lentos y tortuosos que le hacían jadear y clavarle las uñas en los hombros mientras le suplicaba que no parara. Él no necesitó más invitación: le agarró las caderas con fuerza y empezó a embestirla sin piedad, empotrándola contra el respaldo del sofá con cada envite profundo que le sacudía el coño y le hacía gritar como una loca, sintiendo cómo el calor húmedo y resbaladizo de su sexo lo engullía una y otra vez. Los gemidos se mezclaban con el sonido de los cuerpos chocando, las pieles sudorosas resbalando y el olor a sexo que inundaba la habitación mientras él le mordisqueaba los pezones duros por encima de la camiseta y ella se corría sin control, temblando y empapando su verga con chorros de leche espesa que le resbalaban por los muslos hasta caer sobre el suelo. Cuando la corrida de ella terminó, él la volteó sobre la alfombra sin piedad, le levantó las piernas en alto y se la clavó por detrás con embestidas brutales que le hacían golpear su culo rojo y palpitante contra su pelvis, hasta que por fin se corrió dentro de ella con un rugido animal, llenándola de leche caliente que se le escapaba por el coño goteante mientras ambos caían exhaustos entre sudor, saliva y jadeos entrecortados.

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