La filosofa se corre fuerte con polla de acero
Ella llegó con ese aire de intelectual mojada, los labios rojos mordisqueándose mientras sus tetas apretadas contra el escritorio dejaban escapar un gemido ahogado al sentirlo tras ella. Él, con esa verga gruesa y palpitante que parecía forjada en acero, no perdió tiempo y la embistió de una sola vez hasta que su coño chorreó al instante, empapándole las bolas. Entre jadeos y gritos de puta caliente, ella arqueó la espalda con los pezones duros rozando el papel lleno de apuntes, mientras él le agarraba el culo con fuerza para no soltarla ni un segundo. Las embestidas eran brutales, cada golpe de cadera hacía que su clítoris se inflamara más, hasta que un calor insoportable le recorrió la espalda y explotó en un orgasmo que la dejó temblando, con los muslos temblorosos y la leche escurriendo entre sus piernas. Él, lejos de detenerse, le bajó el escote del vestido para chuparle los pezones como si fueran caramelos, mientras su verga seguía martillando ese coño que ya no podía más, pero seguía gritando por más. La mesa crujía bajo el peso de sus cuerpos sudados, mezclado con el olor a sexo barato y perfume caro que se evaporaba en el aire, mientras ella se corría una y otra vez sin poder controlar los espasmos que le recorrían el vientre. Cuando por fin él gruñó y se enterró hasta las bolas, sintiendo cómo su leche caliente la llenaba hasta rebosar, ella se dejó caer sobre los papeles, exhausta pero con una sonrisa de puta satisfecha dibujada en la cara.