Juego peligroso entre dos amantes
El corazón le latía a mil por hora mientras él la empujaba contra la pared del callejón, sus manos sudorosas le arrancaban el vestido negro de un tirón dejando al descubierto sus tetas duras y su coño empapado que ya pedía a gritos que la embistiera. Ella no pudo evitar gemir cuando notó su polla gruesa rozando sus muslos, dura como el acero y lista para partirla en dos, mientras le susurraba al oído que se dejara hacer porque esa noche iban a cruzar todos los límites. Con un movimiento brusco, él le bajó las bragas de encaje y le metió dos dedos dentro mientras le mordisqueaba el cuello, haciéndola gritar de placer mezclado con dolor. Ella, loca de lujuria, le desabrochó el cinturón y le sacó la verga palpitante, gruesa como un tronco y brillante con el líquido preseminal que ya le corría por los huevos, lista para reventarle el coño hasta dejarla sin respiración. Él la agarró de las caderas y la levantó como si no pesara nada, empalándola contra la pared con una embestida que le hizo soltar un aullido de sorpresa y placer al sentir cómo su coño se abría de golpe para recibirlo. Cada golpe de cadera la hacía chocar contra el muro, sus tetas rebotando salvajemente mientras él le gruñía que aguantara porque solo estaba empezando, que esa noche no habría piedad ni pausa. Ella, con las piernas temblorosas y el coño chorreando, le suplicó que no parara mientras él le clavaba los dedos en las nalgas, hundiéndola cada vez más hondo en un ritmo que la dejaba sin aire. El sudor les resbalaba por la piel, mezclándose con los jadeos roncos que salían de sus gargantas, y el sonido de la carne chocando contra carne resonaba en todo el callejón, anunciando que pronto llegarían al clímax. Él, sintiendo que su orgasmo estaba a punto de estallar, la dio vuelta de golpe y la dobló sobre un viejo barril oxidado, metiéndole la polla hasta el fondo con una embestida brutal que la dejó sin voz. Ella, con los labios entreabiertos y los ojos vidriosos, se corrió gritando su nombre mientras él le llenaba el coño con chorros calientes de leche espesa que le resbalaban por las piernas, dejando un rastro blanco y pegajoso que brillaba bajo la luz de la luna. Cuando por fin se derrumbaron el uno sobre el otro, jadeando y completamente exhaustos, supo que esa noche habían cruzado el punto de no retorno, pero ninguno de los dos estaba dispuesto a arrepentirse.