Esposa infiel follada bruta en cuatro patas en la cama
La morena no aguantó ni cinco minutos cuando su marido le metió los dedos entre las piernas y notó que el coño ya le goteaba de ganas. Sin mediar palabra, la puta se tiró sobre el colchón boca abajo, levantando ese culazo redondo que llevaba meses escondiendo bajo los vestidos ajustados de oficina. Él no perdió el tiempo, le bajó el tanga de un tirón y le escupió en el coño empapado mientras le agarraba las caderas con fuerza, clavándole los dedos en la carne temblorosa. La primera embestida hizo que ella soltara un gemido tan fuerte que casi se oye en el pasillo, pero a él eso solo lo excitó más y empezó a empotrarla con saña, sintiendo cómo el coño chorreante le succionaba la polla a cada movimiento. El sonido de los choques de carne contra carne resonaba en la habitación mientras la morena movía el culo al ritmo de los golpes, pidiendo más con cada gruñido ahogado. Él le agarró el pelo y le echó la cabeza hacia atrás, sintiendo cómo el coño se le contraía cada vez que la llenaba hasta el fondo, arrancándole gritos que mezclaban placer y dolor. La cama crujía bajo el peso de los cuerpos sudados, y el olor a sexo inundaba el aire mientras él le sobaba las tetas pesadas y le mordía el hombro, dejando marcas rojas que después se convertirían en moretones. Ella no paraba de maldecir entre dientes, suplicando que no se detuviera, que le diera toda la verga hasta que se corriera sobre ese culo que tanto le gustaba azotar. Cuando sintió que el orgasmo le recorría el cuerpo como un relámpago, él aceleró el ritmo, embistiéndola con furia hasta que los dos explotaron juntos: él llenándole el coño de leche espesa mientras ella se aferraba a las sábanas, temblando de placer con los muslos temblorosos y la espalda arqueada en señal de rendición total. El silencio que siguió solo lo rompió el sonido de su respiración entrecortada y el goteo de los jugos que se escapaban entre sus piernas, dejando un charco de lujuria sobre la cama deshecha.