Profesora pakistaní disfruta polla dura en su coño prieto
Desde el primer día que el viejo profesor de matemáticas entró al aula con esa verga enorme ajustada en el pantalón, ella no pudo evitar morderse el labio al ver cómo le marcaba la tela. No importaba si estaba dando clase o si solo pasaba por el pasillo, cada vez que sus miradas se cruzaban él le guiñaba un ojo con esa sonrisa de depredador que le erizaba la piel. Hoy por fin cedió a la tentación: le susurró al oído que necesitaba ayuda con un problema de cálculo... pero el único número que le interesaba era el que le iba a clavar entre las piernas. La puerta del salón quedó entreabierta, sin importarle que cualquiera pudiera verlos, mientras él la empujaba contra el escritorio, le arrancaba las bragas de un tirón y le metía dos dedos para comprobar lo mojada que estaba. Ella gimió fuerte, con las uñas clavándose en el borde de la mesa, sintiendo cómo su coño se contraía de anticipación mientras él se bajaba el cierre con un sonido metálico que resonó en el silencio del aula vacía. La profesora pakistaní, con sus tetas apretadas contra el tablero y ese culo redondo temblando de deseo, no pudo resistirse más cuando él le ordenó: 'Abre bien las piernas, putita, que hoy te voy a empotrar hasta que no puedas caminar'. La primera embestida fue brutal, con su polla gruesa abriéndose paso en ese coño estrecho que lo abrazaba como un guante, haciéndola gritar mientras el escritorio crujía bajo su peso. Cada embestida le arrancaba un gemido ahogado, mezclado con el sonido húmedo de sus cuerpos chocando, mientras él le mordisqueaba el cuello y le susurraba obscenidades en urdu mezcladas con español. Ella se corrió en menos de un minuto, con los muslos temblando y la espalda arqueada, pero él no se detuvo: la agarró de las caderas con fuerza y la volteó boca abajo, obligándola a apoyar las manos en el suelo mientras le metía la verga hasta el fondo. El culo le temblaba con cada embestida, y aunque le dolía un poco, el placer era tan intenso que no quería que parara. Cuando por fin eyaculó dentro de su coño, sintiendo cómo su leche caliente le resbalaba por las piernas, ella se dejó caer contra el piso, jadeando y con la mirada perdida, mientras él se limpiaba la polla con un trapo que encontró tirado en un rincón. No importaba si era pecado o si la podían descubrir: valió cada segundo de esa follada salvaje que le dejó las piernas como gelatina y el coño palpitando de satisfacción.