Entrenadora futa humilla a novato por polla pequeña
La entrenadora futa lo miró de arriba abajo con desdén mientras se ajustaba el arnés, su gruesa verga artificial brillando bajo la luz del gimnasio como si fuera un puto trofeo de guerra. El pobre novato, con su polla de palillo temblando entre las piernas, no sabía ni dónde meterse, tartamudeando excusas baratas mientras ella se acercaba con esa sonrisa de superioridad que le erizaba la piel. No tardó en agarrarlo del pelo y obligarlo a arrodillarse frente a su monstruosa verga, escupiendo en su propia mano para lubricarla mejor antes de frotarla contra su cara sudorosa. Él quiso chupársela como pudo, pero la futa no aguantó ni cinco segundos de su torpe lametón antes de soltarle un cachetazo en la mejilla que le dejó la marca roja de los dedos. '¿Esto es lo que te enseñan en tus putos cursos de sexo?', le escupió mientras le embestía la garganta con fuerza, ahogándolo hasta que sus ojos se llenaron de lágrimas. El novato intentó gemir, pero solo salió un hilo de aire mezclado con babas mientras ella lo agarraba por la nuca y lo forzaba a tragar hasta tocarle la nuez con la punta de su verga artificial. Cada embestida le quemaba la garganta y le dejaba el aliento cortado, mientras ella le recordaba una y otra vez lo patético que era comparado con su enorme polla. Cuando por fin lo soltó, jadeando como un perro apaleado, la futa lo empujó contra el espejo del gimnasio y le bajó los pantalones de un tirón, dejando su polla flácida y ridícula al aire libre. 'Mira qué desastre', le susurró al oído mientras le agarraba los huevos con fuerza y le susurraban obscenidades al oído, 'ni para que te folle una puta sirves'. El novato, con el rostro desencajado y los ojos vidriosos, solo atinó a asentir mientras ella le escupía en el culo y le metía dos dedos con saliva antes de empalarse con su verga gruesa, arrancándole un alarido que retumbó en las paredes del gimnasio. Cada embestida le sacudía el cuerpo entero, su pequeño rabo de ratón no servía ni para sujetarla, y ella se reía mientras le apretaba los hombros hasta dejarle moretones. Cuando por fin se corrió, la futa lo dejó tirado en el suelo, con la entrepierna empapada en sudor y vergüenza, mientras ella se limpiaba los restos de su corrida de la verga artificial con total indiferencia.