Dorynha la sumisa se traga hasta el último centímetro
Dorynha llegó a casa con ese vestido ajustado que le marca cada curva de su culito prieto y ese escote que parece gritar 'fóllame', pero lo mejor fue cuando su marido le ordenó arrodillarse en el suelo de la sala y abrir bien esos labios rojos que tanto le gustan a él. Sin chistar, la brasileña obediente se quitó las bragas de encaje negro y se las pasó por la cabeza con un gemido, dejando al descubierto ese coño depilado y brillante que ya goteaba de ganas. Él, con su verga gruesa y morada que se le escapaba del pantalón ajustado, le agarró la nuca con fuerza y le metió la polla hasta la garganta sin piedad, obligándola a tragar hasta el fondo mientras ella ahogaba un gemido ahogado en babas y saliva. La pobre putita no podía ni respirar, con las lágrimas resbalándole por las mejillas y los ojos llorosos, pero no se resistió: al contrario, empezó a mover la lengua en círculos alrededor del glande hinchado mientras sus tetas enormes se balanceaban al ritmo de las embestidas brutales. Él le empujaba la cabeza contra su pelvis una y otra vez, escuchando cómo la garganta de ella se abría como un coño más mientras le salían borbotones de baba por las comisuras de los labios. 'Chupa, zorra, chupa hasta que te ahogues', le gruñó mientras le agarraba los pechos con ambas manos y se los apretaba hasta dejarle marcas moradas en la piel dorada. Dorynha no podía más: tenía los labios hinchados, la saliva escurriéndole por la barbilla y el coño tan mojado que se le pegaban los muslos al sentarse, pero seguía tragando con desesperación, con el sonido húmedo de su garganta siendo follada por esa polla que le llenaba hasta la campanilla. Cuando él por fin le ordenó que se pusiera a cuatro patas sobre el sofá, ella obedeció al instante, levantando ese culito redondo y prieto para que él pudiera empalarse sin compasión, arrancándole un aullido de placer cuando la verga le abrió el coño de golpe y le llegó hasta las entrañas. Las embestidas eran tan fuertes que el sofá se movía entero, y cada vez que él se enterraba hasta el fondo, sus pelotas le golpeaban el clítoris hinchado, haciendo que Dorynha gritara como una loca mientras se corría en chorros gruesos que le resbalaban por las piernas. Él no se detuvo: la siguió empotrando con saña hasta que por fin, con un rugido animal, se descargó dentro de su coño estrecho, llenándola de leche caliente que le escurría por los muslos mientras ella, exhausta y satisfecha, se dejaba caer boca arriba en el sofá, con las piernas temblorosas y los pezones duros como piedras, completamente rendida a sus caprichos más sucios.