Brujas sucias se corren con pollas oscuras en orgía de Halloween
La luna llena iluminaba el salón lleno de cuerpos sudorosos mientras las brujas, con sus corsés ajustados y botas altas, se retorcían sobre la alfombra negra. Ella, la más salvaje con su pelo negro azabache y ojos claros como el hielo, se arrodilló frente a él y le clavó las uñas en los muslos mientras le lamía los huevos con la lengua bien afilada, chupando cada uno como si fuera un caramelo prohibido. Él, con su verga palpitante y gruesa, le agarró la nuca y la empotró contra su boca hasta que ella gimió con la garganta llena, el coño tan mojado que la tanga se le pegaba como una segunda piel. Otra bruja, esta vez con tetas enormes y curvas de infarto, se agachó detrás de ella y le lamió el culo sin piedad, hundiendo la lengua entre las nalgas mientras le metía un dedo en el coño para que gritara más fuerte. La tercera, de ojos oscuros y boca sucia, se subió al colchón y se abrió de piernas mostrando un coño depilado y brillante, invitando a que le metieran la polla hasta el fondo sin piedad. Él no se hizo de rogar: la agarró de los tobillos y la empaló contra el colchón, embistiéndola con fuerza mientras ella arañaba las sábanas y le pedía más con gemidos que resonaban en las paredes. Las otras dos no se quedaron quietas: una le lamía el culo a él mientras la otra le chupaba los huevos, turnándose para que no se le bajara la dureza ni un segundo. La bruja que tenía el coño empalado se corrió gritando como una posesa, empapando la verga con sus jugos mientras él le llenaba la garganta de leche espesa, tragando cada gota sin dejar ni una gota. El salón olía a sexo, a sudor y a algo más oscuro, como el poder que tenían esas brujas para dejar a cualquier macho rendido a sus pies. Cuando por fin se dejaron caer sobre los cuerpos sudados, supieron que esa noche no habría final… solo más orgías de oscuridad y placer prohibido.