Ariel Mcgwire se hace una paja hotelera y brutal
La rubia de tetas pequeñas entró al cuarto con una sonrisa de puta que no perdona mientras se quitaba el vestido sin prisa, dejando al descubierto un coño depilado y reluciente que ya chorreaba por anticipado. Él no pudo resistirse y agarró su polla dura como un palo solo de verla así, con los labios rojos y esos ojos verdes que prometían una noche de locura sin límites. Ella se arrodilló en la alfombra de ese hotel barato, pero lujoso en imaginación, y empezó a masajearle el miembro con las dos manos, deslizando los dedos desde la base hasta la punta sin dejar de mirarlo con una sonrisa perversa. Cada vez que sus nudillos rozaban el glande, los gemidos masculinos resonaban en la habitación como un eco de placer salvaje, mezclados con el sonido de los cuerpos chocando cuando ella se abalanzó sobre él para chupársela con ganas, sin importarle que le mojara toda la cara con su jugo dulce. La polla de él se sacudía cada vez que su lengua juguetona rodeaba la cabeza, y ella aprovechó para escupirle en la verga antes de apretarla fuerte con los labios, haciendo que gruñera como un animal en celo. Cuando la soltó con un chapoteo húmedo, él la empujó contra la cama y le separó las piernas para enterrar la cara entre sus muslos, lamiendo ese coño caliente y mojado hasta que ella se retorció de placer y le agarró el pelo con fuerza. Él se incorporó de golpe, le puso una mano en la espalda para doblarla y le metió la polla de una sola embestida, arrancándole un grito agudo que casi rompe los cristales del cuarto. Las caderas de los dos chocaban sin piedad mientras él la empotraba contra el colchón, sintiendo cómo su culo apretado se abría para recibir cada envite, y los fluidos resbalaban por sus muslos en un espectáculo de lujuria desenfrenada. Cuando ella sintió que la polla se hinchaba dentro de su coño, supo que venía la corrida, y él no aguantó más: sacó la verga de un tirón y se corrió sobre sus tetas pequeñas, dejando hilos blancos pegajosos que brillaban bajo la luz amarillenta del lugar. Ella se lamió los labios, se frotó el coño empapado y le susurró al oído que la próxima vez quería sentir su leche dentro, mientras él jadeaba sin aliento, con la polla todavía goteando y el corazón a mil por hora.