Angela White se deja empalar por Manuel Ferrara en un polvo épico
Aquella noche en la cocina, la tensión entre nosotros era insoportable. Manuel Ferrara me miraba con esa sonrisa pícara mientras yo me mordía los labios, imaginando cómo sería sentir su verga dentro de mí. Lo que no esperaba era que, al acercarme para servirse más vino, su mano se deslizara bajo mi falda y descubriera lo mojada que estaba. Fue entonces cuando todo se intensificó: me arrancó el tanga de un tirón y me empujó contra la mesa, separándome las piernas con rudeza. Su polla era enorme, tanto que cuando la hundió de una sola estocada, mi coño se estiró hasta casi doler. Manuel gruñía cada vez que me embestía, sus dedos clavados en mis caderas mientras mis gritos resonaban en la habitación. No podía creer lo profundo que me penetrationaba, y cuando sus bolas golpeaban mi trasero, sentí que iba a explotar. Manuel, con una sonrisa de triunfo, aceleró el ritmo hasta que me corrí con un gemido desgarrador, mi jugo chorreando por sus muslos. Después, mientras recuperábamos el aliento, noté el tanga destrozado en el suelo, abandonado entre las botellas de vino derramadas.