Adorable joven latina empalada a culo en sesión falsa
Llevaba días posando con ese bikini ajustado que le marcaba cada curva, meneando las caderas como si supiera que la cámara no perdonaría ni un centímetro de su piel morena. El director le susurró al oído que se agachara bien hondo, que esa toma necesitaba más de lo que ella creía... y entonces el tipo sacó esa verga gruesa que llevaba horas babeando por caberle entera dentro. La chica, que no pasaba de los dieciocho, soltó un gemido ahogado cuando sintió la cabeza del tronco rozándole el agujero del culo, aún virgen para ese diámetro monstruoso. Pero no había tiempo para miedo, menos cuando él la empujó contra la pared con una mano en la nuca y la otra sujetándole las tetas pequeñas que saltaban con cada embestida salvaje. El coño le chorreadaba de lo mojada que estaba, aunque lo único que le importaba en ese momento era sentir cómo aquel pedazo de carne le abría el culo a golpes, metiéndosela hasta la garganta sin piedad. Los sonidos húmedos del choque entre sus nalgas y la polla resonaban en el set improvisado, mezclados con los gritos agudos de la joven que pedía más a gritos, con las uñas clavadas en el yeso de la pared falsa. Cada vez que la embestía más hondo, su culo se abría como una flor carnal, engullendo aquel trozo de carne hasta que los huevos le golpeaban el clítoris hinchado, ya resbaladizo por el sudor y los jugos que le resbalaban por los muslos. La escena pasó de ser un simple casting a un follón hardcore cuando él la levantó en peso, le abrió las piernas como si fueran un compás y se la metió de pie, con sus tetitas turgentes rebotando al ritmo de los empujones brutales. La pobre no pudo aguantar mucho: tras media docena de golpes profundos que le dejaron el culo rojo y tembloroso, se corrió con un espasmo que le dobló la espalda, gritando como una loca mientras él le llenaba las entrañas de leche caliente sin sacársela ni un segundo. Lo peor —o lo mejor, según se mirase— fue cuando él le sacó la polla chorreante y le ordenó que se arrodillara a limpiársela con la lengua, sin importarle que aún le gotease el culo abierto ni que las lágrimas le resbalaran por las mejillas de tanto placer mezclado con dolor.