Novia musulmana con hijab se masturba con consolador
La morenita de ojos negros y curvas de infarto se ajusta el pañuelo del hijab mientras se muerde el labio, su coño rosado ya brillando bajo la luz tenue del dormitorio. Se tumba boca arriba sobre la cama revuelta, con las piernas bien abiertas y el juguete de silicona morado en la mano, grueso como un brazo de hombre pero más suave al tacto. Primero lo pasa por su entrepierna empapada, dejando una estela de babas brillantes que le escurren por el culo mientras gime sin poder contenerse, sus tetas pequeñas pero duras temblando con cada respiración acelerada. Se lo clava despacio, muy despacio, sintiendo cómo la punta le roza el punto más sensible antes de hundirse hasta el fondo, haciendo que sus caderas se levanten solas del colchón como si tuvieran vida propia. Los gemidos se vuelven más fuertes, más sucios, mientras se folla con el juguete a un ritmo que haría llorar a cualquier polla de carne y hueso, moviendo la cadera en círculos para que la cosa le reviente cada centímetro de ese coño que parece no tener fondo. Entre sus piernas, la piel se le pone roja de tanto friccionar, el olor a sexo fresco inundando el aire mientras se corre por primera vez, con el consolador aún clavado hasta la empuñadura, los jugos resbalando por los muslos como si fuera miel caliente. Pero no para ahí. Se incorpora de golpe, se quita el hijab con un tirón y se lo amarra a los ojos como si fuera una venda, dejando caer su cabello negro y lacio sobre los hombros mientras sigue masturbándose sin piedad. Ahora usa ambas manos: una para empujar el juguete hasta que se le escapa un chorro de leche por la boca, la otra para pellizcarse los pezones oscuros hasta que se le ponen duros como piedras. El sonido de sus caderas chocando contra el colchón se mezcla con los gruñidos ahogados que escapan de su garganta, cada embestida más brutal que la anterior, hasta que por fin explota en un orgasmo que la deja temblando, con las piernas temblorosas y el consolador todavía enterrado hasta la raíz, goteando con los restos de su corrida. Se deja caer sobre la almohada, exhausta pero con una sonrisa pícara en los labios, sabiendo que no fue suficiente... y que volverá a empezar en cinco minutos.