Novata acepta reto anal con dildo gigante por plata
La rubia tímida no podía creer que ese tipo le ofreciera veinte mil pavos solo por dejar que le metiera un palo monstruoso en el culo después de que ella se le tirara encima con esos shorts ajustadísimos que le marcaban hasta el último pliegue. Él, con la sonrisa más sucia que le había visto en la vida, le pasó el juguete por la cara mientras ella se mordía el labio inferior sin saber si echarse atrás o agarrarlo de la camisa y obligarlo a que la empotrase contra la pared del callejón donde se habían conocido. La primera vez que la punta del dildo rozó su entrada anal, la morra soltó un gemido que le salió desde las entrañas, mezclando placer con el miedo de que le fuera a partir el culo en dos sin piedad, pero la verga falsa era tan gruesa que ni siquiera podía cerrar los dedos alrededor. Él, sin darle tiempo a pensarlo, le escupió en el agujero bien prieto y le introdujo la primera pulgada con un empujón seco que la hizo gritar como puta en celo, mientras sus tetas rebotaban sin control bajo la camiseta mojada de sudor. Ella, entre sollozos y maldiciones, se agarraba de la mesa de madera barata donde él la había tumbado boca abajo, sintiendo cómo la carne artificial se le clavaba más y más hasta que no quedó ni un centímetro de su recto que no estuviera destrozado de placer. Cada embestida resonaba en el cuarto como un latigazo húmedo, con los sonidos de sus nalgas chasqueando contra el plástico del dildo y los fluidos resbalando por sus muslos, hasta que él, jadeando como un animal, le ordenó que se corriera sobre ese juguete asqueroso mientras él le apretaba el cuello para que no se moviera ni un milímetro. La novata, entre lágrimas y babas, sintió cómo el orgasmo le quemaba las entrañas como lava, mientras él le metía hasta las bolas de plástico hasta que el dildo se le salió disparado por el esfuerzo, dejando su culo rojo y abierto como un abanico. Él, satisfecho, se limpió la polla en su pelo rubio mientras ella seguía tirada en el suelo, gimiendo con la cara pegada al charco de leche y jugos que había dejado entre sus piernas.