Lola Bratz descubre el placer al aire libre en Praga
El sol quemaba sobre los adoquines de Praga mientras yo caminaba con mi vestido corto y mi coño ya mojado de anticipación. No sabía que ese día cambiaría todo cuando conocí a Martin Gun, un tipo con una polla que me hizo abrir los ojos de par en par. Al principio solo fue un juego, un roce casual, pero cuando me empujó contra la pared del callejón y me levantó la falda, sentí su verga dura como una roca presionando mi culo. '¿Qué tan grande es?' le pregunté, pero no hubo respuesta, solo su mano tirando de mi tanga hasta romperlo. Me penetró de una estocada, tan profundo que grité, y sus embestidas me hicieron chocar contra los ladrillos. Cada vez que me llenaba, mi coño se apretaba alrededor de su polla, como si no quisiera soltarla. Martin Gun gruñó, sus manos en mis caderas marcando la piel, y cuando me dio vuelta para empotrarme contra el muro, su verga golpeó justo donde más lo necesitaba. Gemí sin parar, sintiendo cómo su piercing rozaba mis paredes, y cuando me ordenó que me arrodillara, obedecí al instante. Chupé su polla como si fuera mi última comida, sintiendo su sabor salado mientras él me agarraba del pelo. Cuando por fin se corrió, su leche caliente me llenó la boca y el pecho, pero lo que más me sorprendió fue lo mucho que me gustó. Ahora solo pienso en volver a sentir esa polla dentro de mí, porque descubrí que el placer al aire libre es adictivo.