Kitty se deja empotrar el culito bien duro en casa
Kitty llegó a la casa con esa cara de niña mala que tanto me pone, mordisqueándose el labio inferior mientras se quitaba el vestido ajustado que apenas le cubría esas tetas pequeñas pero bien firmes. La invité a la sala, donde el sofá ya estaba cubierto con un plástico para no manchar nada con su coño rosadito que se le veía húmedo incluso antes de que le tocara un pelo. Se arrodilló frente a mí, con esos ojos oscuros llenos de lujuria, y se llevó mi verga a la boca sin perder el contacto visual, chupando con esos labios carnosos que la hacían parecer una puta experta en mamadas. Sentí cómo su lengua jugaba con el glande antes de bajar hasta los huevos, lamiendo cada centímetro como si estuviera saboreando un postre prohibido. Mientras tanto, ella se tocaba el clítoris con una mano, mojándose más cada vez que yo le agarraba del pelo para empujarle la cabeza contra mi polla, sintiendo cómo su garganta se abría para recibirme. Cuando ya no pudo aguantar más, la levanté en peso y la dejé caer sobre el regazo, con su culito en pompa y sus piernas temblorosas de anticipación. Le escupí en el agujero del culo para que entrara más fácil, y antes de que pudiera quejarse, ya le estaba metiendo la verga hasta las bolas, sintiendo cómo su carne se abría para recibirme sin piedad. Los gemidos de Kitty se volvieron más agudos cuando empecé a embestirla fuerte, con cada golpe haciendo que sus tetas pequeñas rebotaran contra mi pecho mientras sus uñas se clavaban en el sofá. Le metía los dedos en el coño al mismo tiempo que le empotraba el culo, sintiendo cómo su interior se contraía cada vez que llegaba al fondo, hasta que su cuerpo entero se tensó y empezó a correrse con espasmos que le hacían gritar mi nombre entre jadeos. No aguanté más y le solté toda la leche en el culo, llenándola hasta que empezó a gotear por los muslos mientras ella seguía temblando de placer con los ojos vidriosos y la boca entreabierta, completamente rendida bajo mi cuerpo.