Ella me provocó hasta que no pude aguantar más
—'¿Te gusta cómo me queda este vestido?'— me preguntó, sabiendo perfectamente que me estaba volviendo loco. Desde que llegó, no paró de rozarse contra mí, de mandarme fotos con ese escote que me ponía la polla dura en segundos. Su coño mojado ya lo notaba en mis pantalones cuando me senté a su lado, y no aguanté más: la empujé contra la pared, le arranqué las bragas y le metí los dedos hasta que gimió tan fuerte que temblaron las paredes. No quería que parara, pero yo ya no podía esperar—la levanté de golpe, la empotré contra la mesa y le clavé la polla de una estocada, sintiendo cómo su culo se apretaba alrededor de mi verga. Cada vez que me hundía en ella, su coño ardía más, y sus uñas en mi espalda me marcaban como si fuera suya. 'Más duro', me pedía, y yo obedecía, embistiéndola sin piedad hasta que sus gemidos se volvieron gritos. Cuando sentí que su coño se contraía alrededor de mi polla, supe que estaba a punto de correrme, y lo hice dentro de ella, llenándola hasta que el semen le chorreó por los muslos. En más de 24 minutos de escena, no hubo un segundo de descanso—solo placer, sudor y el sonido de nuestros cuerpos chocando sin parar.