Doggy salvaje con corrida en su coño mojado
–¿No aguanto más, Stef, quiero tu polla ya– susurra Natalie con la voz quebrada, mientras te agarra la verga con desesperación. Llevaban días mirándose a escondidas, rozándose sin querer (o queriendo), hasta que la tensión ya no dejó espacio para nada más que para follarse como animales. La tienes contra la cama, con el culo en pompa y las nalgas apretadas, el tanga mojado pegado a su raja mientras te lo metes de un empujón y sientes cómo el coño caliente te abraza hasta las pelotas. Stef gime sin control, te clava las uñas en la espalda mientras empiezas a bombearla a fondo, las tetas pequeñas rebotando con cada embestida, el chocho haciendo un sonido obsceno cada vez que retrocede. Te agarra el pelo y te acerca la cara a su culo, exigiendo más, entonces se lo abres y le metes los dedos mientras sigues follándosela, sintiendo cómo el orgasmo le sube por el vientre. Cuando se corre, el coño se contrae alrededor de tu verga y la leche le llena la vagina hasta rebosar, goteando por sus muslos. Natalie te mira con los ojos vidriosos, sabiendo que esto no será lo último que le hagas. La próxima vez, piensas, será aún más salvaje.