Abuelita caliente se masturba con consolador gigante
Lleva puesto un sujetador de encaje negro que apenas tapa sus tetas caídas pero bien firmes, con los pezones duros asomándose entre los huecos del encaje. Se lame los labios mientras se ajusta las bragas blancas manchadas de jugos en la entrepierna, el coño le late con cada paso que da por su sala llena de fotos de familia polvorientas. El marido salió a comprar cigarros y se llevó una hora más de la cuenta, así que la abuelita aprovecha para sacarse el consolador morado de la mesa de centro —ese que le regaló su nieta "por si se aburría"— y se lo clava en la concha empapada sin pensarlo dos veces. Gime fuerte cuando la cabeza del juguete le roza el punto G, sus tetas enormes se bambolean con cada embestida mientras se retuerce en el sofá de cuero gastado. El consolador le entra hasta la base, estirándole los labios del coño y dejándole el clítoris hinchado como un botón listo para reventar, y ella no puede evitar gemir su nombre entre dientes: "¡Ay, putita!". Se baja un poco las bragas para que la polla de plástico le azote el culo mientras se corre, la leche le chorrea por los muslos y mancha el asiento del mueble. Se quita el sujetador con un tirón brusco y se aprieta las tetas caídas contra la boca del consolador, imaginando que es una verga de verdad la que le está partiendo el coño en dos. El juguete resbala con sus propios jugos y hace un ruido húmedo cada vez que se lo clava hasta el fondo, el sonido mezclado con sus gritos de puta satisfecha. Se corre otra vez con un espasmo que le arquea la espalda y le hace soltar los pechos de sus manos para agarrarse del borde del sofá, los ojos vidriosos y la respiración entrecortada mientras el consolador sigue metiéndosela sin piedad. Cuando por fin se queda quieta, jadeando con la lengua fuera y las bragas completamente empapadas, se limpia los restos de corrida del muslo con un suspiro de alivio y sonríe maliciosa, sabiendo que el marido no sospechará nada... pero que ella ya está pensando en repetir.