Rubia de culo enorme empotrada en el área de boliche
Llevaba días mirando cómo se le marcaba el tanga al caminar entre los bolos, cada vez que se agachaba la falda le subía más y dejaba ver ese culo redondo que tanto lo ponía. Cuando la vio ahí, con las medias rotas y los tacones clavándose en el suelo del área de boliche, no pudo resistirse y se le tiró encima sin mediar palabra. Primero le pasó la mano por el coño empapado para probar si estaba lista, y al sentirla tan mojada se le puso la polla dura como piedra al instante. Ella gimió fuerte cuando le bajó el tanga de un tirón y le escupió en el culo, preparándolo para lo que venía, porque esta vez no iba a ser suave. Con una mano en la nuca la empujó contra las pelotas de boliche mientras con la otra le separaba las nalgas para que sintiera cómo le apretaba la punta de la verga contra el agujero. Los primeros empujones fueron lentos pero brutales, cada embestida le hacía vibrar el culo entero y le sacaba unos gritos que resonaban en todo el local vacío. Ella, entre gemidos, le pedía que la empotrara más fuerte, que le destrozara el culo de una vez, mientras se agarraba a la barra con los nudillos blancos. Cuando él le metió dos dedos en la boca para que se los chupara bien mojados y luego se los clavó en el coño sin avisar, ella se corrió gritando y el orgasmo le dejó las piernas temblando como gelatina. Pero él no paró ahí, le sujetó las caderas con fuerza y le metió la polla hasta el fondo una y otra vez, sintiendo cómo el culo le abrazaba la verga como un guante ajustado. Los sonidos de carne chocando contra carne llenaban el ambiente mientras la blonda se dejaba llevar, con la boca abierta y los ojos en blanco, hasta que finalmente él le soltó toda la leche bien caliente dentro del culo, dejándola llena y gimiendo de placer. Cuando por fin la soltó, se le veía el coño chorreando y el culo bien abierto, con los labios del ano todavía palpitando de lo que acababa de pasar.